dos notas o matices que se mezclan y entrecruzan, haciendo
muy difícil su análisis. Hay en la admiración un factor intelectual y
otro sentimental. Lo extraordinario y sorprendente, lo maravilloso,
seduce nuestro interés. Pero, a la vez, inquieta, perturba a la
inteligencia. La admiración que da lugar a la filosofía no es tanto
un admirar algo, como un "admirarse de" algo. Por el asombro
viene a ponerse en juego el entendimiento, en una primera
operación intelectual, que consiste tan sólo en darnos cuenta de
nuestra propia ignorancia.

Frecuentemente, nuestra capacidad de admiración parece
hallarse inmersa en una especie de sueño, del que únicamente la
presencia de lo misterioso logra hacerla salir. En ocasiones, la
propia admiración se detiene en su fase sentimental y parece
cohibir toda manifestación del espíritu. Sin embargo, ya en estos
mismos casos existe un cierto reconocimiento de nuestra
ignorancia. Lo que acontece es que este reconocimiento no es
plenamente eficaz, porque se encuentra ahogado por una densa
capa de sentimiento admirativo. Sólo tiene vigencia científica la
admiración cuyo matiz intelectual logra imponerse, haciendo del
reconocimiento de nuestra ignorancia un impulso que excite el
natural deseo humano de saber.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada